Las ánimas y los mayas

La muerte es una constante en el pensamiento humano. Desde los tiempos más remotos, explicar el hecho natural de morir, intrigó y atemorizó a la humanidad. La fe y las teologías de distintas épocas le dieron explicación mediante cosmogonías en las que la muerte perdió su función terminal, de la nada, para convertirse en una esperanza de existir, en un cambio de sustancia con otra vida en un más allá.

Los mayas concebían el tiempo en forma cíclica, concepto fundamentado en el eterno movimiento del sol, la luna y los cuerpos celestes. Lo consideraban un atributo de los dioses, pues ellos lo llevaban a cuestas.

Tenían ciclos cortos, como el Winal, de 20 días, y otros largos, como la llamada Rueda Calendárica, resultado de combinar el calendario sagrado llamado Tsolk'iin de 260 días (13 numerales por 20 nombres), con el Ja'ab o año solar, de 365 (18 meses por 20 días, y un período de 5 días considerados aciagos). En este engranaje, de 52 años en total, las fechas no se repetían sino hasta iniciar un nuevo ciclo.

Esta concepción estaba ligada a un espacio universal en el que tenía lugar el fluir infinito del tiempo. Estaba constituido por la tierra, que era un plano rectangular, con trece planos celestes por arriba y nueve mundos inferiores por abajo. En el centro había una ceiba (Ceiba Pentandral), el Ya'axche', sagrado y primigenio árbol verde de la vida, que atravesaba todos los espacios, uniéndolos entre sí.

Creían en un solo dios llamado Junab K'uj, creador de los cielos, la tierra y de todo lo existente en esta vida. En las esquinas del mundo estaban los Bacabes sosteniéndolo, cada uno con sus características propias: al norte estaba Xaman y su color era el blanco; al sur, Nojol, de color amarillo; al este, Lak'in, con su color rojo; y al oeste Chik'in, al que le correspondía el color negro.

Los trece espacios celestiales eran llamados Óoxlajuntik'uj, y correspondían a las ramas superiores más frondosas de la ceiba, a cuya sombra se gozaba de frescura y descanso eterno. Cada uno estaba regido por una deidad. Las raíces gruesas y profundas del Ya'axche' conducían a los nueve mundos inferiores o Bolontik'uj, cada uno vigilado por su guardián protector.

Éste era el lugar en el que los ciclos de los humanos se enlazaban a las secuencias divinas que regían sus destinos. El recorrido del sol, principio de vida y movimiento: asciende del oriente iluminando los cielos hasta ocultarse por el poniente, y penetra en el inframundo convertido en jaguar para luchar contra las fuerzas de la oscuridad durante la noche, y renacer triunfante una vez más, y otra, y otra, y otra. Esta cosmovisión estuvo y está presente en la cultura maya; normó la economía de la vida cotidiana, los saberes, las fiestas y sus rituales, el culto a los dioses, la simbología del arte y la arquitectura.

Para los mayas, la vida humana estaba constituida por el Pixan, regalo que los dioses entregaban al hombre desde el momento en que era engendrado; este fluído vital determinaba el vigor y la energía del individuo, era una fuerza que condicionaba la conducta de cada hombre y las características de su vida futura. El elemento que viajaría al inframundo al sobrevenir la muerte física.

Creían que el mundo de los vivos, el de los muertos y el de los dioses, estaban unidos por caminos en forma de serpientes fantásticas por donde transitaban las ánimas. Estos lazos eran fervorosamente mantenidos mediante ritos propiciatorios, rezos y plegarias. Conducían a los difuntos hasta el cielo correspondiente, y eran también el camino de retorno desde su lugar junto a los dioses hasta su resurrección en el vientre de las mujeres embarazadas. Los guerreros muertos en batalla, las mujeres fallecidas durante el parto, los sacerdotes, los sacrificados y los miembros de la élite social, viajaban al cielo más alto y paradisiaco. El suicidio era una forma segura de pasar a mejor vida; un cielo con muchos deleites, regido por la diosa Ixtab esperaba al tránsfuga de este mundo.

Las ánimas en pena o el ánima sola habitaban en el Mitnal, (Xibalbaj en el Popol Vuh), el plano más profundo del Bolontik'uj; para llegar a él descendían por las raíces del Ya'axche' hasta las aguas de un cenote que las conducía a las entrañas del lugar donde las sombras se desvanecen, territorio custodiado por los dioses Aj Puch, Yuum Kíimil y Kisin.

Los mayas recibían la muerte como un evento natural. Apenas fallecía un individuo se le amortajaba y, para evitar la falta de alimento en su otra vida, se le ponía en la boca masa de maíz molido. En su tumba, se colocaban junto a él ofrendas que mostraran su rango social, oficio y sexo, así como sus pertenencias. Si era guerrero se le ponían sus armas; si era sacerdote, sus libros sagrados, sus cuentas para predecir el futuro; si era mujer, las piedras para moler maíz y sus herramientas para tejer. Además se enterraba a un perro que guiaría al Pixan de su amos en el azaroso viaje a la eternidad. De día, los deudos lloraban al difunto en silencio, y de noche, lo hacían con gritos y lamentos.

El paso de la vida a la muerte era dificil y delicado. Se creía que las almas de los muertos no abandonaban la tierra inmediatamente después del deceso. Permanecían entre sus familiares llevando la vida de costumbre sin darse cuenta de su cambio de estado. La revelación de lo ocurrido tenía lugar días después y hasta entonces el alma emprendía el viaje al lugar que le correspondiera. Este trance se prolongaba con las almas de los adultos, las cuales se resistían a dejar el cuerpo por temor a los Okol Pixan o ladrones de almas, que rondaban en los momentos de agonía; este peligro era sorteado mediante la presencia de un Aj K'iin para auxiliar al moribundo poniéndolo bajo la protección de Junab K'uj. Cuando la agonía se prolongaba demasiado, un familiar le daba al difunto doce azotes suaves con una soga para aligerar la partida del alma que al desprenderse del cuerpo salía de la casa por las pequeñas aberturas de los extremos del jo'olnaj che' o viga mayor.

A los muertos comunes y sin rango se les sepultaba bajo el piso de sus casas o en la parte trasera de éstas, que posteriormente eran abandonadas por los familiares.

Por el contrario, los señores y gobernantes eran enterrados en hermosas tumbas —algunas de ellas de la más exquisita arquitectura en cuyas paredes, la pintura y la escultura contaban las historias de las dinastías y los linajes sagrados. Sus rostros eran cubiertos con máscaras de mosaico de jade, símbolo de abundancia y vida. Los nobles, los guerreros y los sacerdotes prestigiados socialmente, eran incinerados y sus cenizas se depositaban en urnas de barro en forma de ollas o figurillas. 0 bien se les cercenaba la cabeza para reverenciarla. Ésta se cocía, se descoronaba y se partía en dos, aserrándola de lado a lado. La parte frontal se pintaba con betún o era modelada con los rasgos del difunto en los espacios vacíos, decorándola con piedras preciosas. Estos cráneos se custodiaban en los altares familiares cuyo diseño reproducía la forma del Universo.

La mesas de los altares era el plano rectangular que representaba a la tierra; sus soportes —los bacabes— eran cuatro horquetas que se prolongaban por encima de este plano y se amarraban con corteza de árboles, haciéndolas convergir en el centro de la mesa. En ella se depositaba copal, agua, sal, fuego, miel, maíz, cacao, baálche', pozole, semillas, frutas, plumas, piedras preciosas, algodón y cera, ofrendas benditas para propiciar el feliz encuentro de los Pixanes con la Madre Tierra.

Preparado por Serval. Fuente: Universidad Autónoma de Yucatán, México.

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