La muerte: una experiencia universal de vida

La muerte es una experiencia universal. Nadie puede confiar en escapar. Se trata tan sólo de una cuestión de tiempo hasta que nos llega a cada uno de nosotros, y a cada uno de aquellos a quienes amamos. Sin embargo, a la muerte se le llama la Reina de los Terrores, y constituye la amenaza suprema de la ley para los malhechores. ¿Qué es lo que convierte un proceso natural en algo tan terrible? ¿Es el dolor de morir? No, ya que los sedantes podrían eliminarlo. Cuando llega el momento, la mayoría de los lechos de muerte son lugares apacibles, y son pocas las almas que expiran debatiéndose. ¿Qué es, entonces, lo que tememos de la muerte para que nos resulte un motivo de dolor y de miedo?

En primer lugar, nos asusta lo desconocido. Porque durante ese dormir de muerte ¿qué sueños pueden sobrevenirnos cuando nos hayamos liberado de este lastre mortal? En segundo lugar, tememos la separación de aquellos a quienes amamos. Estas son las cosas que hacen que la muerte sea terrible. Qué diferente sería si nos dispusiéramos a traspasar el Umbral si nuestras mentes estuvieran tranquilas con respecto a estos dos puntos.

Es notorio que el gran don de los Misterios Griegos a sus iniciados fue el liberarles del miedo a la muerte. Se dice que ningún iniciado tiene jamás miedo a la muerte. ¿Qué es lo que se enseñaba en esos ritos secretos que despojaba a la muerte de sus terrores? En el centro de la Gran Pirámide de Gizeh hay un ataúd de piedra vacío. Los egiptólogos nos dicen que se preparó para un Faraón que nunca llegó a ocuparlo. También se ha dicho que era una medida para el trigo. No era ninguna de estas cosas, sino el altar de la Cámara de Iniciación. En él yacía el candidato mientras se enviaba su alma al viaje de la muerte para luego reclamarla, y esto constituía el grado supremo de los Misterios. Después de esa experiencia el iniciado nunca volvía a tener miedo a la muerte. Sabía lo que era.

Para el ser humano que posee este conocimiento, la muerte es como para un hombre rico embarcarse en un crucero. Es educado, sabe a dónde va y accede al viaje consciente de su necesidad y de sus ventajas. Su conocimiento y sus recursos le permiten viajar con confort y seguridad. Puede mantenerse en contacto con sus amigos tanto como lo desee y regresar a ellos cuando quiera. Para él no hay una ruptura final y completa con su tierra natal.

Muy diferente es la situación con el pobre campesino emigrante. Ignorante e indefenso, para él el viaje es una empresa peligrosa y azarosa, y el país adonde llegue puede estar lleno de bestias salvajes o minado de fuegos volcánicos. Su imaginación ignorante se figura todos los terrores concebibles, asociándolos a lo desconocido.

Los antiguos egipcios colocaban en cada ataúd el denominado Libro de los Muertos, el ritual de Osiris en el Mundo Subterráneo, donde había instrucciones para el alma sobre su viaje a través de los reinos de las sombras. Con mayor acierto podría llamarse el Libro de los Inmortales, ya que el alma se ha concebido para que recorra ciertos estadios de ese ciclo de la vida que tiene lugar en lo Invisible.

Bueno sería para nosotros si se nos enseñara desde nuestra más tierna infancia a pensar en nuestras vidas como en un bote que sube y baja, encaramado en la cresta de la ola. Ora descendiendo al mundo material a través de las puertas del nacimiento; ora ascendiendo al mundo invisible por las puertas de la muerte, para regresar y retirarse de nuevo siguiendo el ritmo de la marea cíclica de la vida en evolución.

La Fraternitas Rosicruciana Antiqua ofrece a sus iniciados la oportunidad de conocer esta realidad y quedar preparados para la vida y para la muerte. www.iniciados.org/rosacruz

Ignorantes de los Misterios, nuestras vidas están limitadas por el horror del nacimiento y por el terror de la muerte. Qué gran regalo es el de esa sabiduría conservada que nos desvela el camino de la vida en evolución, que se extiende ante nuestros pies y hurta las sombras de lo Invisible.

Dejemos de pensar en la Muerte como en la Furia de tenazas horrendas, e imaginémosla como el Gran Anestesista que, por la misericordia de Dios, se encarga de sumirnos en un sueño profundo mientras afloja la cuerda de plata y se libera el alma.

Despertamos refrescados de ese sueño, dejando muy atrás los problemas de la Tierra, como la memoria que conserva un niño del día anterior, y nos embarcamos en una fase nueva de nuestra existencia. Bueno sería para nosotros si nuestros amigos nos despidieran permitiendo que el alma fuera libremente a su destino. Malo sería en cambio si el dolor de quienes dejamos atrás esa mañana brillante que despunta. De la misma manera que pensamos que tenemos derecho a reclamar asistencia de nuestros parientes durante nuestras enfermedades, también deberíamos sentirnos con derecho a pedirles fortaleza en su pérdida.

Porque es su pérdida, no la nuestra. ¿Por quién sufrimos cuando nos lamentamos en un funeral? ¿Por los Muertos Inmortales, en su despertar brillante? ¿O por nosotros en nuestra soledad? Con toda seguridad sólo lloramos por nosotros, ya que los muertos se encuentran bien: se han ido al lugar que les corresponde y están en paz.

Los que quedan atrás son los que sufren y ¿qué tendríamos que decir sobre su sufrimiento? Que como todo dolor, debe sobrellevarse con entereza, y especialmente en este caso, ya que sus reverberaciones pueden afectar a otros además de a nosotros mismos, y convertirse en una piedra de molino colgada al cuello del alma que está intentando elevarse con las alas recias de la aspiración. Que sean pensamientos de amor, y no de dolor, los que acompañen al alma en su viaje, como las gaviotas siguen un barco. Deseémosle que vaya deprisa a Dios, y con alegría, tengamos esperanza en la reunión venidera.

Es mucho lo que podemos hacer por los que se han ido. Nuestro trabajo no termina cuando se saca el ataúd de casa, y recogemos la triste parafernalia de la enfermedad. Si saben más que nosotros acerca de la antigua Sabiduría, guardada y secreta, bien pudiera ser que volviesen para consolarnos y darnos buenos consejos. Pero si sabemos más que ellos, si el alma se ha ido confusa y atemorizada, como en el caso de un alma infantil, entonces nuestra obligación inexcusable sería acompañarle hacia lo Invisible tan lejos como alcanzase nuestro poder, hasta que sintiéramos la llegada de los Ángeles y entonces sabríamos que la persona amada quedaba bajo su custodia, y que todo estaba bien.

Y puede que venga a nosotros si lo pedimos ese Ángel que proporciona sueño a los seres queridos, ese sueño profundo y bien conocido que envuelve a los vigilantes de los muertos, y que no se parece a ningún otro sueño; y también de ese sueño nos despertaremos una mañana tranquila, ya que se nos ha permitido mirar por las puertas abiertas y ver que más allá del Umbral no hay ni miedo ni olvido, sino otro mundo, otra fase de la vida.

De este sueño que el Ángel de la Muerte da a los seres queridos surgen la tranquilidad y la seguridad; porque hemos visto, aunque no recordemos. Por tanto, cuando llegue la hora, pidamos al Gran Anestesista esta Gracia Menor: que nos alivie el primer desgarro de la separación y nos capacite mejor para soportar el peso de la vida y cumplir nuestra obligación para con aquellos seres queridos que quedan a nuestro cargo, que dependen de nosotros y que nos necesitan.

Y, por encima de todo, no olvidemos que en su momento los muertos regresarán, y no sabemos nunca cuándo veremos cómo desde los ojos de un niño pequeño nos contempla un alma que hemos conocido. Dediquemos, pues, ese amor que ya no tiene un cauce mundano para su expresión a la consecución de un mundo mejor para cuando regresen aquellos que amamos.

Por lo menos este servicio sí podemos hacérselo. Que ni una de nuestras lamentaciones amargue su viaje, y que en la medida de nuestras fuerzas limemos las asperezas de este mundo para facilitar su regreso.

0 comentarios:

Publicar un comentario

¡Tu comentario es muy importante!